A sus 27 años, la experiencia sexual de Magdalena era más bien poca.

Magdalena era una monada de criatura. No le sobraba ni faltaba de nada. 1 metro 70 de altura, 55 kilos perfectos, una cadera bien proporcionada, unos pechos talla 90 con unos pequeños pezones que miraban hacia arriba, erguidos, desafiantes, haciendo pasar a Newton por un estudiante de ciencias borracho. Su cara era también un prodigio de belleza. Cejas perfectas, nariz pequeña y graciosa, dientes blancos como el mármol y labios finos y delicados. Todo coronado por una rubia melena ondulada.

Lo único que le fallaba era su forma de vestir, más propia de monjas de clausura que de una belleza de 27 años soltera y sin compromiso.

Había sido educada en una familia conservadora y ultracatólica, así que sus padres le inculcaron aquello de nada de sexo hasta el matrimonio. Pero ella seguía soltera y notaba que se iba haciendo madura, que se iba perdiendo algo cada día que pasaba.

Lo de la virginidad era otra cosa, ya que hacía 6 años se enamoró como una boba de un chico de Madrid que pasaba el verano en el pueblo de sus padres.

Josué era una verdadera belleza de chico. Alto, fuerte, bronceado y culto. La pena es que no era una maravilla de amante ni tenía ningún pene prodigioso, que era más bien tirando a pequeño.

Pero claro, ella no sabía nada de sexo, salvo que era tabú en su casa, y ese guapo chaval le quitó las telarañas a su cerrado coñito.

De ese verano, poco hubo que destacar salvo 5 polvos rastreros en el asiento trasero de un Volkswagen Polo, de los que sólo llegó al orgasmo en tres ocasiones.

De lo demás, nada de nada. Ni un cunnilingus, ni una felación, ni unos juegos. Nada de nada. Aquel musculitos se ponía el condón y se la follaba tal cual.

Aquel verano Magdalena regresó a Sevilla desvirgada y poco más, pero ella se sentía feliz porque se había enamorado de un chico guapísimo que le prometió que vendría a Sevilla por el puente de la Inmaculada en diciembre, a escondidas de todos.

Pero ese día llegó, nadie vino y el número de móvil, de repente, no existía. Se sintió sucia, usada y tonta. Se lo contó a sus padres y éstos la hicieron sentir más sucia y más puta todavía.

De eso hacía ya 6 años y en ese tiempo se dedicó a terminar las carreras de derecho, empresariales y de sacarse un título de enfermera, por si acaso. No había lugar para el placer, los hombres no entraban en su vida. Les temía.

Lo de ser abogada o empresaria no le salió bien, pero en cambio, empezó a trabajar de auxiliar de enfermera en el hospital del Rocío en Sevilla. Algo es algo.

Llevaba 3 años de auxiliar y el mes siguiente la ascendían a enfermera. Estaba feliz.

Aquella noche de finales de junio llegó al hospital un ingreso de urgencia. Un accidente de tráfico con su único ocupante inconsciente debido a un fuerte golpe en la cabeza. Tuvo que ingresar en Cuidados Intensivos para quedar en exploración. Allí se lo dejaron los camilleros a Magdalena, que estaba sola.

Le tocó hacerlo todo a ella. Pincharle, vendarle la cabeza, quitarle la sangre que tenía por la cara y pecho, monitorizarlo y sondarlo.

Todo fue bien hasta que descubrió su entrepierna para ponerle la sonda para la orina.

Aaaaahhhhh!!!

Un grito de sorpresa le salió del alma. Menos mal que nadie la oyó, estaba todo el hospital a tope.

Lo que Magdalena vio, no lo había visto nunca. El pene de aquel hombre era un auténtico trabuco. Así como estaba tumbado en la cama, el pene le colgaba hacia dentro, por debajo de los testículos y no se veía la punta.

Con una mano tuvo que levantar al paciente de la cintura y con la otra tiró hacia arriba para liberar a ese monstruo. Cuando quedó todo el aparato a la vista, Magdalena casi se desmaya. Esa barra casi le llegaba a la rodilla. Ventitantos centímetros de grueso y pesado solomillo eran más que suficientes para imaginarse como sería ese bicho en erección. El resto del turno no dio una a derechas, estaba turbada por el pollón de aquel hombre.

Por la mañana, a las 7:00, terminó su turno y se fue a su apartamento, donde vivía con sus 2 gatos.

Apenas pudo dormir pensando en aquel hombre taladrándola con su enorme barra y rellenándola de semen hasta que le salía por la boca. Se levantó al mediodía sudando y excitada como nunca, sus asépticas bragas blancas, estaban chorreando tanta humedad, que cuando se las quitó se formaron unos hilillos de placer entre su coño sudoroso y la prenda. No podía creerlo. Entonces pensó en su consolador, compañero de penas y sinsabores.

Fue al ropero y empezó a buscarlo palpando debajo de las sábanas de franela para el invierno. Lo tenía allí porque se moriría de vergüenza si su madre se lo pillaba. Le costó encontrarlo, hacía más de 2 meses que no lo usaba, pero hoy lo necesitaba más que nunca.

La antigua imagen que tenía de aquel consolador era de una polla enorme (comparándolo con la del golfo de Josué), pero tras el suceso de la pasada madrugada, éste le pareció más bien pequeño. Lo tomó en sus manos y le pareció más pequeño aún. La verdad era que aquel juguete rondaba los 18 cms y que nunca se lo metió todo. Pero hoy todo era diferente.

Miró si aún le quedaban pilas y fue al aseo a lavarlo con jabón neutro. De camino le entró la risa tonta porque se oía una especie de frchs frchs frchs que venía de la excesiva humedad de su entrepierna. Ella siempre lo lavaba y luego lo sumergía en agua caliente para que se pareciera lo máximo a una polla real. Su excitación subía por momentos y se tuvo que secar sus jugos que ya le empezaban a resbalar por su pierna izquierda.

Regresó a su alcoba, se tumbó sobre la cama y allí empezó su ritual. Con una mano se acariciaba su cuerpo mientras con la otra iba bajando el juguete desde su boca al ombligo. Luego otra vez arriba, a chuparlo, a ponerlo en marcha y pasarlo sobre sus pezones. Cuando sus pezones húmedos se enfriaron, se pusieron tan de punta que le dolían, pero era un dolor diferente.

Finalmente se decidió a bajar la polla artificial hacia su hambriento coño. La pasaba por su raja babeante de placer, el «brrrrrrrrrrrr» del consolador le hacía vibrar hasta las cejas. Arriba y abajo, arriba y abajo, apretando cada vez más, hasta que aquel instrumento invadió su interior. Se lo metía despacito y paulatinamente más adentro. Nunca se lo metió todo, pero hoy estaba mojadísima y sin darse cuenta, le entró hasta el final.

Magdalena era la viva cara del vicio, cubierta de sudor, con sus ojos en blanco, rodando sobre la cama, metiendo con furia aquel consolador de 2 pilas alcalinas para provocarle lo que iba a ser su mejor orgasmo hasta la fecha. Orgasmo que fue causado por el hambre voraz de su coño.

Antes de correrse, cuando el orgasmo se acercaba de manera imparable, el consolador se le quedó dentro, su coño lo succionó. Aquella mujer empezó a aullar de placer, a dar manotazos en la cama, a dar vueltas de aquí a allá. Intentó sacárselo, pero lo único que conseguía era aumentar su orgasmo al pasar su mano por el dilatado clítoris. Estaba siendo un orgasmo monstruoso y se empezaba a asustar.

Le faltaba el aire, pero aquella máquina seguía vibrando dentro de ella. Sin saber mucho lo que hacía, se puso boca arriba y levantó las piernas como si estuviera en la consulta del ginecólogo e hizo fuerza. Así tuvo el orgasmo final. Su coño absorbió aún más el vibrador con tremendas contracciones y luego lo expulsó de tal manera, que fue a dar contra el espejo que había en una puerta de su armario ropero, haciéndolo añicos.

El sonido fue estruendoso.

Ella gemía tanto, gritaba tanto y quedó tan destrozada, que tardó unos minutos en darse cuenta del estropicio. Allí en el suelo había un montón de cristales, un consolador roto y dos pilas cómicamente repartidas en el suelo.

Y ella pensando en aquel pollón…

Totalmente avergonzada de sí misma, tomó una ducha fría, pasó la tarde jugando con sus gatitos y al atardecer regresó a su trabajo.


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